¿JESÚS PREDICÓ EL REINO DE DIOS Y VINO LA IGLESIA?

Por Lucas Magnin

En la primera entrega de esta serie nos preguntamos por la situación de la religión en un escenario secular, posmoderno, poscristiano. Después de muchas profecías que afirmaban que lo religioso desaparecería, vemos hoy una vuelta de la espiritualidad, una “revancha de Dios” en la sociedad occidental. La vuelta de la religión en occidente implica una profunda revisión del legado de la fe cristiana; pero ¿cómo filtrar entre tantos cristianismos que hay en el mundo? ¿Qué es lo esencial de la fe cristiana?

Para responder a esa pregunta, Hans Küng dice que lo que da cohesión a los 2000 años de historia del cristianismo no es otra cosa sino «el nombre de un judío: Jesús de Nazaret, a quien sus seguidores daban el título honorífico supremo que los judíos podían conferir a una persona humana». Hans Küng dice que Cristo es “el hilo dorado” que une la historia cristiana; en ese sentido, el cristianismo no depende «de una idea impersonal, de un principio abstracto, de una norma general o de un sistema mental. A diferencia de la mayoría de las religiones, el cristianismo depende de una persona concreta que sale fiadora de un camino de vida; esa persona es Jesús de Nazaret». A fin de evitar el ruido y la confusión, debemos buscar en Jesucristo y en la causa de su vida (que fue el Reino de Dios) la clave para entender la proyección social que puede llegar a tener el cristianismo hoy.

Y conviene acá hacer una aclaración antes de empezar: la teología de los últimos siglos (en especial, la teología liberal del siglo XIX) ha disociado a menudo al “Jesús histórico” del “Cristo de la fe”. Al Jesús histórico se lo ha conectado estrechamente con su mensaje del Reino de Dios, mientras que el Cristo de la fe ha sido asociado dogmáticamente con la Iglesia como institución. Esta forma de ver las cosas suele considerar que la teología y la historia del cristianismo posterior a Jesús tiene poco que ver con su fundador. A esto se refiere esa famosa frase de Alfred Loisy: “Jesús predicó el Reino pero lo que vino fue la iglesia”

Pero me gustaría proponer otra hipótesis. Creo que existen sobradas razones para afirmar la continuidad entre la vida de Jesús (centrada en el anuncio del Reino de Dios) y la experiencia de la Iglesia primitiva (centrada en el anuncio del señorío de Cristo). Un ejemplo paradigmático de esta continuidad se encuentra en el simbólico final del libro de los Hechos; allí, Lucas nos cuenta que Pablo llegó a Roma, el corazón del Imperio, desde donde «proclamaba con valentía el Reino de Dios y enseñaba acerca del Señor Jesucristo» sin impedimentos.

Entre la vida de Jesús y la práctica de la Iglesia no hay ruptura tajante sino continuidad porque lo que viene después de la Pascua es el reinado mismo de Dios, ejercido por Jesús. La predicación de Jesús acerca del Reino de Dios se convirtió en estilo de vida en la Iglesia primitiva.

Los primeros cristianos hackearon muchas expresiones e ideas de la cultura circundante y le dieron un significado profundamente subversivo. Podría ser más largo y detallado pero me quedo solamente con estos 3 ejemplos.

En primer lugar, el concepto de “Reino de Dios”. Esa es una expresión que viene del griego basileia tou theou; la palabra basileia, que nosotros traducimos como “Reino” significaba concretamente “imperio”, y en el contexto del siglo I, se utilizaba para nombrar específicamente al Imperio Romano. Por eso, la traducción más precisa sería decir: “el Imperio de Dios se ha acercado”.

En segundo lugar, el título “Señor” (que viene del griego kyrios). Los primeros cristianos nombraron con ese término a Jesús, pero Kyrios se usaba explícitamente para reconocer la soberanía y el dominio del César, el emperador romano. O sea, los cristianos reconocían a un Señor por fuera de la jurisdicción del Imperio.

Finalmente, el título de “Hijo de Dios”, que en griego se dice theoû hyiós, y que era aplicado a los emperadores romanos de la época. Emperadores como Augusto, Tiberio, Nerón, Tito y Domiciano usaron este título. Esto significa que los cristianos, al llamar “hijo de Dios” a Jesús, estaban disputando el uso imperial de este título supremo.

Las ideas de “Reino de Dios”, de Jesús como “Hijo de Dios” y de “señorío de Cristo”, ideas que parecen hoy repetidas y trilladas, no fueron en los tiempos de la iglesia primitiva meras abstracciones dogmáticas sino conceptos profundamente políticos y contraculturales: porque declaraban el nacimiento de un nuevo pueblo y una nueva lealtad (que disputaba la hegemonía romana).

Mediante relaciones renovadas, reconciliadas, sanadas y atravesadas por el mensaje de Jesús, la Iglesia no solo declara el señorío de Cristo en clave escatológica, a futuro, sino que lo va concretando en su cotidianidad. El reinado de Cristo en la basileia de Dios no es una soberanía abstracta, sino que sienta las bases de una forma de existencia; la Iglesia primitiva fue, con todas sus limitaciones y defectos, una concretización de esa realidad. Seguir a Cristo implicaba una lealtad que despertó contradicción, rechazo y persecución durante siglos. Los primeros cristianos reconocían que identificarse con la causa de Jesús significaba una provocación al statu quo; como dice Antonio González: «el anuncio de Jesús como Mesías muerto y resucitado incluye la afirmación de que Jesús mismo es ahora el rey. Y esto no es algo abstracto, sino que supone un desafío muy concreto para los reyes de este mundo. Una nueva soberanía se ha iniciado en la historia: la soberanía del Mesías sobre su pueblo como realización del reinado definitivo de Dios en los últimos tiempos de la historia».

El Reino de Dios que predicaron Jesús y los primeros cristianos poco tiene que ver con un escapismo intimista o con esa versión neoliberal de la teología de la prosperidad (donde “el Reino de Dios” se traduce en posiciones de poder económico o político). La Iglesia primitiva predicó a Jesús como Señor de un reino alternativo; en las relaciones renovadas entre los creyentes se va materializando desde ya esa nueva comunidad humana de justicia y paz.

A diferencia del Imperio del César, la basileia de Jesús no se impone desde arriba, con prepotencia y violencia. No se pueden coaccionar el amor ni la lealtad al Mesías desde el Estado, desde ninguna institución (ni siquiera la iglesia), ni desde la mera convivencia en una sociedad técnicamente “cristiana”. En Gálatas 5, Pablo contrapone “las obras de la carne” y “el fruto del Espíritu”; todos los valores y actitudes positivas (como el amor, la paz o la paciencia) son un fruto que el Espíritu de Jesús hace crecer, no algo que se pueda provocar con buena voluntad o coerción. Sin Espíritu no hay fruto; o, en palabras de Martín Lutero, «no nos volvemos justos al hacer lo justo, sino al contrario: como somos justos, hacemos lo justo».

El reinado de Dios no se impone entonces por la fuerza o la coerción, sino que debe comenzar de forma voluntaria. Este es el sentido del diálogo entre Jesús y Nicodemo en el capítulo 3 de Juan: «a menos que nazcas de nuevo, no puedes ver el reino de Dios» ya que «nadie puede entrar en el reino de Dios si no nace de agua y del Espíritu».

Es necesaria la voluntad de ingresar a una nueva realidad. Por eso decimos que no puede haber ekklesía, o sea iglesia, sin éxodo. Tanto la ekklesía como el éxodo tienen un prefijo común, ek-, y esta es una partícula que indica la salida, la separación, la ruptura que inicia algo nuevo. Los convocados a la asamblea cristiana son personas que han salido de la vieja sociedad para iniciar, en las estructuras básicas del viejo mundo, unas nuevas relaciones sociales.

Pero ¿qué tiene que ver esa imagen de la iglesia primitiva, subversiva y contracultural, con los ejemplos que hemos visto en occidente hasta el hartazgo? ¿Cómo pudo ser que esa alternativa se convirtiera en una hegemonía que llevó a las Cruzadas, a la Conquista de América y la Inquisición? Para poder entender eso, tenemos que entender a una figura fundamental en la historia del cristianismo: el emperador Constantino. Pero de eso vamos a hablar en la próxima entrega.

Antes de despedirnos, te pregunto: ¿qué consecuencias tiene la actitud de resistencia del cristianismo ante el poder del Imperio Romano? ¿Qué significaría para nosotros hoy vivir un cristianismo contracultural? ¿Cómo cambiaría la iglesia si nos viéramos como una nueva sociedad, un pueblo que hizo el éxodo a otro Reino, en el que Cristo es Señor?

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