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MAESTRO, NOS OFENDES.

Por Harold Segura

Si hay algo que debe preocupar a quienes siguen a Jesús es la construcción de una sociedad más justa y la práctica del amor en todas las dimensiones de la vida. Así también lo enseñaron los profetas de la antigüedad (Miq.6:8). Justicia y amor.
Cuando se procura la justicia sin misericordia, se corre el riesgo de deshumanizar esa búsqueda —algunas revoluciones políticas así lo muestran—. Y, cuando se pretende vivir el principio del amor desconociendo la justicia, se puede incurrir en una caridad de escasa trascendencia social —los modelos asistencialistas de ayuda humanitaria, así lo demuestran—.
Pero, las preocupaciones de muchas expresiones religiosas han sido otras: las ofrendas y diezmos de los fieles (aunque Jesús aceptó que esto podía tener algún valor), el protagonismo público de sus jerarcas y el reconocimiento social de sus instituciones.
De estos extravíos de la fe es necesario hablar. Y hablarlo no es traicionar la fe. Se traiciona cuando se silencian sus desvaríos políticos y sus disparates económicos. Decirlo puede sonar ofensivo y, a veces lo es. “Maestro, diciendo esto nos ofendes también a nosotros” (Lc.11:45).

LUCAS‬ ‭11:42-45‬ ‭
“¡Ay de ustedes, fariseos, que ofrecen a Dios el diezmo de la menta, de la ruda y de toda clase de hortalizas, pero no se preocupan de mantener la justicia y el amor a Dios! Esto último es lo que deberían hacer, aunque sin descuidar lo otro. ¡Ay de ustedes, fariseos, que les gusta ocupar los lugares preferentes en las sinagogas y ser saludados en público! ¡Ay de ustedes, que son como sepulcros ocultos a la vista, sobre los que pisa la gente sin saberlo! Uno de los doctores de la ley le contestó: — Maestro, diciendo esto nos ofendes también a nosotros.”

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Cerrando el libro de la venganza

(Una reflexión sobre Lucas 4:14-30)

Por Brian Zahnd

Para proclamar el año del favor del SEÑOR, y el día de la venganza de nuestro Dios.

Así es como Jesús leyó Isaías 61:2 cuando regresó a Nazaret después de comenzar su ministerio. Jesús editó Isaías. Al leer este pasaje familiar de Isaías, ¡Jesús se detuvo a mitad de la oración y enrolló el libro! Sería como si alguien cantara el himno nacional (de los EEUU*) y terminara con, Sobre la tierra de los libres. Todo el mundo estaría esperando y el hogar de los valientes. Jesús no terminó la línea. Jesús omitió la parte sobre «el día de la venganza de nuestro Dios».

Al anunciar que el jubileo de la liberación, la amnistía y el perdón de Dios estaba llegando con lo que él estaba haciendo, Jesús omitió cualquier referencia a Dios exigiendo venganza sobre los enemigos de Israel. Al afirmar que la profecía de Isaías se había cumplido en su audiencia, Jesús está afirmando ser Jubileo en persona. Pero la sugerencia escandalosa es que este Jubileo será para todos… incluso para los enemigos de Israel.

Jesús eliminó la venganza al editar el texto, y esto nos da una clave de cómo Jesús leyó el Antiguo Testamento. Y para que no pensemos que la omisión de Jesús de «el día de la venganza» fue simplemente un descuido o algo sin sentido, considere lo que Jesús le dice a la multitud local en la sinagoga después de su lectura editada de Isaías. Jesús recuerda las historias de la viuda de Sarepta y Naamán el leproso, gentiles que en lugar de recibir venganza por parte de Dios, recibieron provisión y sanidad.

Jesús está anunciando la llegada del favor del Señor, pero está enfatizando que es para todos… ¡incluso para los sidonios y sirios, aún para los enemigos de Israel! ¡Jesús está dejando claro que al traer el Jubileo de Dios, lo está trayendo para todos!

¿Cómo se recibió este mensaje del favor inclusivo de Dios en Nazaret? No bien, para nada bien. Inicialmente, la ciudad natal de Jesús «hablaron bien de él y estaban asombrados por las palabras de gracia que salían de su boca». Pero tan pronto como Jesús dejó en claro que estaba cerrándole el libro a la venganza, que no apoyaría la idea de la retribución divina sobre sus enemigos, la multitud se volvió brutalmente contra Jesús. ¡Lo sacaron de la ciudad y trataron de tirarlo por un precipicio!

Hasta que seamos cautivados por la misericordia radical de Dios extendida a todos, nos aferraremos a los textos acerca de la venganza como textos preciados. Hacemos esto no por la noble causa de la justicia, sino por la rencorosa causa de la venganza. Con el incidente en la sinagoga de Nazaret aprendemos que Jesús ha cerrado el libro de la venganza.

La Palabra hecha carne nos impide escudriñar la Biblia para encontrar textos de venganza que arrojar sobre nuestros enemigos. Si tratamos de aferrarnos a una orden divina de venganza, Jesús pasa por entre nosotros y se va. Si nos aferramos a la venganza, perdemos a Jesús. Si no queremos que esto suceda, debemos aprender a tener misericordia de nuestros enemigos. Si nos comprometemos a amar a nuestros enemigos, Jesús permanecerá con nosotros y nos ayudará a aprender cómo hacerlo.

Jesús no vino a traer venganza, vino a cerrar el libro de la venganza. Jesús anunció las buenas nuevas del Jubileo de perdón, amnistía, liberación y restauración… pero no venganza. Jesús no bendice la venganza, bendice la misericordia y enseña que la misericordia que mostramos a nuestros enemigos es la misericordia que se nos mostrará. Dios no nos permite tener la esperanza de que el libro de la venganza divina se cierre para nosotros, pero que se deje abierto y se inflija por completo a otros. No es así como funciona en la economía de la gracia de Dios revelada por Jesús.

¿Significa esto que no hay juicio divino? Por supuesto que no. Ciertamente hay un juicio divino, pero es un juicio basado en el amor de Dios y su compromiso con la restauración. El juicio restaurativo de Dios no autoriza un anhelo de regocijo causado por la desdicha de los demás, de ver daño infligido a otros**. Jesús ha cerrado el libro sobre ese tipo de ansia de venganza.

Debemos resistir constantemente la tentación de ponernos en el papel de los que merecen misericordia, mientras que los que están fuera de nuestra tribu deben desempeñar el papel de los que merecen venganza. Jesús no tomará parte en ese repugnante tipo de tribalismo y triunfalismo. Al aferrarnos a nuestras ansias de venganza, perdemos a Jesús. Pero si podemos decirle Amén a Jesús cerrando el libro de la venganza, entonces Jesús permanecerá con nosotros para enseñarnos el camino más excelente del amor.

Tomado de: https://brianzahnd.com/2016/01/closing-the-book-on-vengeance/
 
 
* de los EEUU fue anexado por el traductor.
** La frase regocijo causado por la desdicha de los demás, de ver daño infligido a otros corresponde a la traducción de la palabra ‘schadenfreude´ tomada de: https://psicologiaymente.com/psicologia/schadenfreude

¿JESÚS PREDICÓ EL REINO DE DIOS Y VINO LA IGLESIA?

Por Lucas Magnin

En la primera entrega de esta serie nos preguntamos por la situación de la religión en un escenario secular, posmoderno, poscristiano. Después de muchas profecías que afirmaban que lo religioso desaparecería, vemos hoy una vuelta de la espiritualidad, una “revancha de Dios” en la sociedad occidental. La vuelta de la religión en occidente implica una profunda revisión del legado de la fe cristiana; pero ¿cómo filtrar entre tantos cristianismos que hay en el mundo? ¿Qué es lo esencial de la fe cristiana?

Para responder a esa pregunta, Hans Küng dice que lo que da cohesión a los 2000 años de historia del cristianismo no es otra cosa sino «el nombre de un judío: Jesús de Nazaret, a quien sus seguidores daban el título honorífico supremo que los judíos podían conferir a una persona humana». Hans Küng dice que Cristo es “el hilo dorado” que une la historia cristiana; en ese sentido, el cristianismo no depende «de una idea impersonal, de un principio abstracto, de una norma general o de un sistema mental. A diferencia de la mayoría de las religiones, el cristianismo depende de una persona concreta que sale fiadora de un camino de vida; esa persona es Jesús de Nazaret». A fin de evitar el ruido y la confusión, debemos buscar en Jesucristo y en la causa de su vida (que fue el Reino de Dios) la clave para entender la proyección social que puede llegar a tener el cristianismo hoy.

Y conviene acá hacer una aclaración antes de empezar: la teología de los últimos siglos (en especial, la teología liberal del siglo XIX) ha disociado a menudo al “Jesús histórico” del “Cristo de la fe”. Al Jesús histórico se lo ha conectado estrechamente con su mensaje del Reino de Dios, mientras que el Cristo de la fe ha sido asociado dogmáticamente con la Iglesia como institución. Esta forma de ver las cosas suele considerar que la teología y la historia del cristianismo posterior a Jesús tiene poco que ver con su fundador. A esto se refiere esa famosa frase de Alfred Loisy: “Jesús predicó el Reino pero lo que vino fue la iglesia”

Pero me gustaría proponer otra hipótesis. Creo que existen sobradas razones para afirmar la continuidad entre la vida de Jesús (centrada en el anuncio del Reino de Dios) y la experiencia de la Iglesia primitiva (centrada en el anuncio del señorío de Cristo). Un ejemplo paradigmático de esta continuidad se encuentra en el simbólico final del libro de los Hechos; allí, Lucas nos cuenta que Pablo llegó a Roma, el corazón del Imperio, desde donde «proclamaba con valentía el Reino de Dios y enseñaba acerca del Señor Jesucristo» sin impedimentos.

Entre la vida de Jesús y la práctica de la Iglesia no hay ruptura tajante sino continuidad porque lo que viene después de la Pascua es el reinado mismo de Dios, ejercido por Jesús. La predicación de Jesús acerca del Reino de Dios se convirtió en estilo de vida en la Iglesia primitiva.

Los primeros cristianos hackearon muchas expresiones e ideas de la cultura circundante y le dieron un significado profundamente subversivo. Podría ser más largo y detallado pero me quedo solamente con estos 3 ejemplos.

En primer lugar, el concepto de “Reino de Dios”. Esa es una expresión que viene del griego basileia tou theou; la palabra basileia, que nosotros traducimos como “Reino” significaba concretamente “imperio”, y en el contexto del siglo I, se utilizaba para nombrar específicamente al Imperio Romano. Por eso, la traducción más precisa sería decir: “el Imperio de Dios se ha acercado”.

En segundo lugar, el título “Señor” (que viene del griego kyrios). Los primeros cristianos nombraron con ese término a Jesús, pero Kyrios se usaba explícitamente para reconocer la soberanía y el dominio del César, el emperador romano. O sea, los cristianos reconocían a un Señor por fuera de la jurisdicción del Imperio.

Finalmente, el título de “Hijo de Dios”, que en griego se dice theoû hyiós, y que era aplicado a los emperadores romanos de la época. Emperadores como Augusto, Tiberio, Nerón, Tito y Domiciano usaron este título. Esto significa que los cristianos, al llamar “hijo de Dios” a Jesús, estaban disputando el uso imperial de este título supremo.

Las ideas de “Reino de Dios”, de Jesús como “Hijo de Dios” y de “señorío de Cristo”, ideas que parecen hoy repetidas y trilladas, no fueron en los tiempos de la iglesia primitiva meras abstracciones dogmáticas sino conceptos profundamente políticos y contraculturales: porque declaraban el nacimiento de un nuevo pueblo y una nueva lealtad (que disputaba la hegemonía romana).

Mediante relaciones renovadas, reconciliadas, sanadas y atravesadas por el mensaje de Jesús, la Iglesia no solo declara el señorío de Cristo en clave escatológica, a futuro, sino que lo va concretando en su cotidianidad. El reinado de Cristo en la basileia de Dios no es una soberanía abstracta, sino que sienta las bases de una forma de existencia; la Iglesia primitiva fue, con todas sus limitaciones y defectos, una concretización de esa realidad. Seguir a Cristo implicaba una lealtad que despertó contradicción, rechazo y persecución durante siglos. Los primeros cristianos reconocían que identificarse con la causa de Jesús significaba una provocación al statu quo; como dice Antonio González: «el anuncio de Jesús como Mesías muerto y resucitado incluye la afirmación de que Jesús mismo es ahora el rey. Y esto no es algo abstracto, sino que supone un desafío muy concreto para los reyes de este mundo. Una nueva soberanía se ha iniciado en la historia: la soberanía del Mesías sobre su pueblo como realización del reinado definitivo de Dios en los últimos tiempos de la historia».

El Reino de Dios que predicaron Jesús y los primeros cristianos poco tiene que ver con un escapismo intimista o con esa versión neoliberal de la teología de la prosperidad (donde “el Reino de Dios” se traduce en posiciones de poder económico o político). La Iglesia primitiva predicó a Jesús como Señor de un reino alternativo; en las relaciones renovadas entre los creyentes se va materializando desde ya esa nueva comunidad humana de justicia y paz.

A diferencia del Imperio del César, la basileia de Jesús no se impone desde arriba, con prepotencia y violencia. No se pueden coaccionar el amor ni la lealtad al Mesías desde el Estado, desde ninguna institución (ni siquiera la iglesia), ni desde la mera convivencia en una sociedad técnicamente “cristiana”. En Gálatas 5, Pablo contrapone “las obras de la carne” y “el fruto del Espíritu”; todos los valores y actitudes positivas (como el amor, la paz o la paciencia) son un fruto que el Espíritu de Jesús hace crecer, no algo que se pueda provocar con buena voluntad o coerción. Sin Espíritu no hay fruto; o, en palabras de Martín Lutero, «no nos volvemos justos al hacer lo justo, sino al contrario: como somos justos, hacemos lo justo».

El reinado de Dios no se impone entonces por la fuerza o la coerción, sino que debe comenzar de forma voluntaria. Este es el sentido del diálogo entre Jesús y Nicodemo en el capítulo 3 de Juan: «a menos que nazcas de nuevo, no puedes ver el reino de Dios» ya que «nadie puede entrar en el reino de Dios si no nace de agua y del Espíritu».

Es necesaria la voluntad de ingresar a una nueva realidad. Por eso decimos que no puede haber ekklesía, o sea iglesia, sin éxodo. Tanto la ekklesía como el éxodo tienen un prefijo común, ek-, y esta es una partícula que indica la salida, la separación, la ruptura que inicia algo nuevo. Los convocados a la asamblea cristiana son personas que han salido de la vieja sociedad para iniciar, en las estructuras básicas del viejo mundo, unas nuevas relaciones sociales.

Pero ¿qué tiene que ver esa imagen de la iglesia primitiva, subversiva y contracultural, con los ejemplos que hemos visto en occidente hasta el hartazgo? ¿Cómo pudo ser que esa alternativa se convirtiera en una hegemonía que llevó a las Cruzadas, a la Conquista de América y la Inquisición? Para poder entender eso, tenemos que entender a una figura fundamental en la historia del cristianismo: el emperador Constantino. Pero de eso vamos a hablar en la próxima entrega.

Antes de despedirnos, te pregunto: ¿qué consecuencias tiene la actitud de resistencia del cristianismo ante el poder del Imperio Romano? ¿Qué significaría para nosotros hoy vivir un cristianismo contracultural? ¿Cómo cambiaría la iglesia si nos viéramos como una nueva sociedad, un pueblo que hizo el éxodo a otro Reino, en el que Cristo es Señor?

«¡No más de esto!» (¿Por qué Jesús armó y desarmó a Pedro?)

Por Brian Zahnd

Fresco de Giotto di Bondone; El arresto de Cristo, 1305.

Es poco después de la medianoche. Estamos en un antiguo olivar con una luna llena brillando a través de las ramas. Jesús está orando angustiado. Los discípulos están cerca… durmiendo. Escuchamos voces enojadas. Una turba se acerca portando antorchas. Ahora están sobre nosotros y la luz de la antorcha revela que la multitud está portando algo más, armas. Una batalla está por comenzar. Lucas nos cuenta lo que pasa después.

“Llegó una multitud, y el que se llamaba Judas, uno de los doce, los guiaba. Se acercó a Jesús para besarlo, pero Jesús le dijo: «Judas, ¿estás traicionando al Hijo del Hombre con un beso?» Y cuando los que estaban a su alrededor vieron lo que venía, dijeron: «Señor, ¿deberíamos pelear? ¡Trajimos las espadas!» Entonces uno de ellos atacó al siervo del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Pero Jesús dijo: «¡No más de esto!» Entonces Jesús tocó la oreja del hombre y lo sanó”. –Lucas 22:47–51

Hace unas semanas hablé en una conferencia donde los presentadores exploraron las creencias de Jesús. Hablé sobre lo que Jesús creía acerca de la violencia. ¿Y qué creía Jesús acerca de la violencia? Bueno, está reportado que Gandhi dijo una vez: «Todos saben que Jesús enseñó la no-violencia…excepto los cristianos».

Pero eso no es del todo cierto. Durante los primeros tres siglos, todos los cristianos sabían que Jesús enseñaba la no-violencia. Antes de Constantino, el texto del Antiguo Testamento citado con mayor frecuencia por los Padres de la Iglesia era Isaías 2:4, una profecía mesiánica que dice que en la era del Mesías las espadas y las lanzas se convertirán en rejas de arado y herramientas para podar, y que el estudio de la guerra será abandonado. Los primeros cristianos creían que la profecía de Isaías hablaba de Jesús, y que con su muerte, sepultura y resurrección se había inaugurado el reino pacífico que los cristianos habitarían.

El texto del Nuevo Testamento más citado por los Padres antenicenos era Mateo 5:44 — «Amen a sus enemigos». En ese mismo pasaje, Jesús dice esto: «Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente.” Pero yo les digo: No resistan al que les haga mal. Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele también la otra». (Mateo 5:38–39) Así, los primeros cristianos creían lo que Jesús creía sobre la violencia — esa violencia pertenece a la era antigua que está desapareciendo con la llegada del reino de Dios.

Podemos decirlo de esta manera: el caso de prueba bíblica para el amor a Dios es el amor al prójimo; El caso de prueba bíblica para el amor al prójimo es el amor al enemigo. Y no puedes amar a tu vecino-enemigo usando una espada, una pistola o una bomba de hidrógeno contra ellos.

Pero si no estás de acuerdo con lo que Jesús cree sobre la violencia, siempre puedes (ab)usar la Biblia para encontrar una salida. Por ejemplo, podrías citar 1 Samuel 15:4 para refutar a Jesús.

“Ve y atácalos a espada y destruye todo lo que tienen. No les tengas compasión. Mátalos a todos, hombres y mujeres, niños y recién nacidos”.

Entonces, si prefieres la idea de matar a tus enemigos en vez de amarlos, puedes (ab)usar la Biblia. Incluso hay versos para autorizar matar bebés, si eso es lo tuyo. Y para que no pienses que estoy siendo crudo y ridículo, ¡permíteme recordarte que se ha hecho! Cuando los colonos ingleses en Connecticut en 1637 asesinaron a 700 indios Pequot (en su mayoría mujeres y niños) para robar sus tierras cultivadas, el líder de su colonia, el capitán Mason, justificó el ataque con esta lógica «bíblica»:

“Les referiría a ustedes la guerra de David. Cuando un pueblo crece a tal altura de sangre y pecado contra Dios y el hombre, a veces la Escritura declara que las mujeres y los niños deben perecer con sus padres. Tuvimos suficiente luz de la Palabra de Dios para nuestros procedimientos”.

Así es como (ab)usas los pasajes violentos de la Biblia para silenciar a Jesús. Sí, la Biblia es un libro violento, pero no porque Dios sea violento; más bien, la Biblia es violenta porque nosotros somos violentos, y el problema de la violencia está retratado inquebrantablemente en la Biblia.

Todos sabemos que hay muchos asesinatos en la Biblia. Moisés mató enemigos. Josué mató enemigos. David mató enemigos. Elías mató enemigos. Nada nuevo con eso — así ha sido siempre el mundo. La «solución» más antigua para el mal es «matar a los malos». Pero cuando llegamos a Jesús, él nos dice que dejemos de matar a nuestros enemigos y que los amemos. 

Tal vez quieras ser un Moisesano o un Josueano o un Davidiano o un Eliasano…pero yo estoy tratando de ser Cristiano. Así que, por mucho que me guste la idea de matar a mis enemigos, si estoy tratando de ser cristiano no puedo usar a Josué para salvarme de Jesús. Y Jesús me llama a deponer mi espada y cargar mi cruz.

Los cristianos están llamados a imitar aquel que estaba dispuesto a morir por aquello por lo que no estaba dispuesto a matar.

Entonces, cuando en la Última Cena Jesús les dice a sus discípulos que lleven algunas espadas, es un poco extraño. ¿Por qué Jesús arma a sus discípulos con dos espadas? En realidad, Jesús nos lo dice. (Y al contrario de lo que algunos pueden pensar, Jesús no está respaldando la legislación de porte abierto para que los ciudadanos puedan llevar AR-15’s a Walmart). Jesús da la razón para armar a Pedro y a otro discípulo cuando dice:

“Ha llegado el momento de que se cumpla esta profecía acerca de mí: «Fue contado entre los rebeldes»”. –Lucas 22:37

Jesús no armó a sus discípulos para que pudieran pelear; ¡Jesús armó a sus discípulos para que se cumpliera la profecía y así poder desarmarlos! Jesús permitió que quienes lo arrestaran asumieran falsamente que era un revolucionario violento (como dice la profecía de Isaías); pero cuando sus discípulos realmente intentaron emplear la violencia, Jesús los detuvo.

Discípulos: “Señor, ¿debemos pelear? ¡Trajimos las espadas!”
(Pedro, sin esperar una respuesta, atacó a un esclavo del sumo sacerdote con la espada y le cortó la oreja).

Jesús: “¡No más de esto! ¡Guarda tu espada!”
(Jesús luego sanó al que Pedro había herido).

¿Cuál era la lección que la iglesia primitiva creía que se derivaría de este pasaje de la Escritura? Un Padre de la Iglesia del siglo segundo lo expresó así:

«Al desarmar a Pedro, Cristo desarma a todos los cristianos». –Tertuliano (160–220)

A la mañana siguiente, cuando Jesús fue llevado ante Pilato, Jesús dejó en claro que su reino provenía de un mundo diferente al que la gente lucha y mata a sus enemigos. Jesús le dijo a Pilato:

“Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis sirvientes estarían peleando”. –Juan 18:36

Debido a que el reino de Cristo no proviene del sangriento mundo de la guerra, Jesús desarmó a sus discípulos en el Jardín de Getsemaní. Un jardín no es lugar para espadas y lanzas de todos modos. Los jardines son donde empleamos rejas de arado y herramientas para podar. Los seguidores de Jesús están llamados a ser jardineros y curanderos, no combatientes y asesinos. Al menos eso es lo que la iglesia creía originalmente.

¿Qué creía Jesús sobre la violencia? Jesús creyó lo que dijo cuando se le preguntó al respecto…

«¡No más de esto!»

BZ

Dos lentes, un marco y unas gafas de sol para leer una pandemia.

Primer lente: Lectura bíblica de la pandemia. 3 Inequidad, desproporción y misterio teológico.

Por Milton Acosta

Dos de las palabras que más hemos escuchado en estos días a raíz de la pandemia son, inequidad y desproporción. Ambos términos se refieren a unas condiciones y cantidades en relación con otras. Por cuenta de estas aberraciones sociales, ciertos grupos de personas han sufrido la pandemia de Covid-19 de manera desproporcionada. Esto es resultado de los modelos y políticas económicas, cuyos efectos la gente los siente a diario, pero se hacen evidentes en situaciones extremas. Quien menos tiene menos puede obedecer las órdenes de confinamiento, y le toca escoger entre morir del virus o morir de hambre. Lo más increíble es que esto ocurre hasta en algunos de los países llamados ricos, poderosos y desarrollados.

Aunque la Biblia tiene un claro y reiterativo discurso sobre la justicia social y contra la inequidad, entre muchos cristianos en América Latina, especialmente evangélicos, existe una aversión al uso de estos términos. Algunos le atribuyen este rechazo a la influencia, también desproporcionada, que ha tenido acá el discurso político del ala más conservadora de los evangelicals en Los Estados Unidos, que históricamente ha confundido justicia social con el socialismo de los países del hemisferio occidental, con Castro, con Ortega, con Chávez.

Poca referencia se hace a lo que ha significado la justicia social en los países europeos, en Japón o Nueva Zelanda, donde se ha buscado exitosamente la justicia social sin tener que padecer bloqueos económicos o un golpe militar. Aquí hay mucha tela que cortar en todas las direcciones. El hecho es que la radicalización política tiene complejidades que no se pueden ignorar. Piense no más en los enamorados que tienen a los padres en contra.

Volviendo a la inequidad y la desproporción, la misma situación se da en El amor en los tiempos del cólera. También ocurre que el mayor número de víctimas se concentra en ciertos barrios de la ciudad. Por qué, se pregunta uno, es esto así y siempre ha sido así. No es solamente por la “indisciplina de esa gente sin educación” o por la necesidad de salir a buscarse la vida, sino por otra razón de la que poco se habla, “esa gente” no le cree nada al gobierno; no creen que haya pandemia, ni las formas de contagio, ni nada; para algunos es una trampa, una estrategia para mantenerlos en la pobreza. Esto no es novedad coyuntural; es una incredulidad histórica con cimientos firmes. De modo que pierde su plata el gobierno en campañas para mejorar una imagen que para la gente no tiene arreglo. Habrá que ver qué porcentaje de la población padece esta incredulidad.

Ante este panorama tan complejo como desolador, notamos que los cristianos evangélicos tenemos una mejor teología de la asistencia social que de la justicia social. Muchos creyentes están dispuestos a ayudar, a distribuir mercados, a salir por las calles, cual mafioso después de haber “coronado”, a repartir billetes de alta denominación (con el respectivo video para las redes), pero no están dispuestos a discutir sobre los modelos económicos que producen, mantienen y exacerban la inequidad económica que crea la mano que recibe el billete, el mercado y la ayuda. Este misterio es más difícil de resolver que el de la Trinidad.